Nuestra visión
La infancia:
acompañando la esencia
A lo largo de los primeros años de vida, los niños conquistan el equilibrio y el andar de pie, la adquisición del lenguaje y el establecimiento de la base del pensamiento cognitivo, si a ello le añadimos la tarea de aprender a relacionarse y el desarrollo de la personalidad, se hace evidente que debemos tratar estos logros con el respeto más profundo, porque es una tarea de gran complejidad.

Las bases de un desarrollo cerebral óptimo se dan en esta primera etapa de la vida y es necesario un vínculo y un clima afectivo positivo para desarrollar una personalidad sana y equilibrada. Establecer un vínculo estable y crear un clima de seguridad y cariño es absolutamente necesario para el desarrollo de los niños.
El niño es un ser en desarrollo, pero no incompleto o incapaz de aprender por sí solo. Desde Estels vemos al niño como un ser competente, capaz de interactuar con su entorno y de participar activamente en sus aprendizajes y en las relaciones sociales que va estableciendo.
Esta idea de niño competente va muy ligada al concepto de niño autónomo, aunque en estos primeros años sea un ser muy dependiente. Por un lado, entendemos que se da autonomía cuando dejamos hacer al niño solo lo que ya sabe hacer o que aún no domina pero que necesita practicar para lograr, evitando intervenir en todo lo que el niño puede hacer solo y permitiendo experimentar con su cuerpo y con los materiales o juguetes a su alcance con total libertad. Por otra parte, es necesario atender la dependencia física y psíquica de los niños, garantizando que estas necesidades de cuidado, higiene, cariño, mirada, palabra… sean atendidas siempre que sea necesario.
Nos dejamos llevar por los descubrimientos de los niños, por la belleza de sus procesos, sin expectativas ni objetivos. Viviendo el momento, que es lo que ellos hacen. Teniendo en cuenta que los bebés y niños construyen su autoestima cuando se confía en ellos, cuando se les acepta y se les valora por lo que pueden y eligen hacer, consiguiéndolo todo a su propio ritmo. Los niños tienen una naturaleza propia y unas necesidades vitales que deben respetarse y cuidarlos para que puedan crecer en equilibrio y bienestar. Es importante atender a esa esencia propia, huyendo de la búsqueda de su obediencia.






La actitud del adulto:
la función educadora y cuidadora
El respeto por la vida interior del niño no es incompatible con la presencia del adulto. De hecho, esa presencia resulta altamente imprescindible. Los adultos somos los que garantizamos la calidad del ambiente, su clima y el material del que disponen, y por tanto, la observación de todo ello resulta muy relevante. Es imprescindible aprender a observar sin los prejuicios que hemos ido adquiriendo.
Hay que dar a los niños el espacio necesario para crecer, que sientan nuestra presencia sin que se les haga invasiva. Debemos aceptar que hay retos que nosotros no podemos resolver por ellos y que, si lo hacemos, les hacemos perder una oportunidad para crecer.
Nuestro papel como acompañantes que asistimos al juego se centra en atender las necesidades concretas de cada niño sin juzgar lo que hacen, aceptándolo incondicionalmente, para establecer una relación con cada uno de ellos por lo que son, no por lo que hacen . Así ofrecemos unas condiciones que permiten al niño expresarse cómo es sin miedo a ser juzgado, interpretado ni comparado con nadie más.
La crianza de nuestros hijos y el acompañamiento a niños nos ofrece la oportunidad de afinar más nuestra mirada y escucha, hacia adentro y hacia afuera, conectando a adultos y niños a la vida y a sus propios ciclos.
Observamos y admiramos el entusiasmo y perseverancia de los niños, y estamos dispuestos a dejarnos sorprender por sus descubrimientos, que son a la vez hallazgos para nosotros.
Confiamos en esta energía interna que mueve a los niños y aprendemos a ser pacientes y a observar con una mirada más afinada.
Pero no sólo aprenden los niños, también lo hacemos los adultos, redescubriendo la capacidad de maravillarnos con la vida, que tanto nos habla de sí misma en la mirada de los pequeños. Si es cierto que para educar a un niño hace falta una tribu, no lo es menos que para educar a una tribu hace falta un niño de quien cuidar.
Nos interesa dar importancia a los pequeños gestos inacabados de quienes hablan Emmi Pikler y Anna Tardos. Gestos que nos permiten cultivar la espera y el respeto en la relación con los niños:
“Cooperar, participar en las diferentes acciones, significa en el fondo, que el niño responde con sus propios movimientos al requerimiento o gestos que haya iniciado el adulto. Pero, para ello, el niño necesita tiempo. La actitud del adulto que pide y espera, ofrece al niño la posibilidad de decidir por sí mismo y de atender a la espera, al deseo del adulto. La mano del adulto es, por tanto, para los niños, una fuente importante de experiencias.”